miércoles, 20 de febrero de 2013

Defendiendo su territorio

Entre el nacimiento y los ocho o diez meses de edad, el niño no discrimina entre conocidos y desconocidos. Le sonríe abiertamente a todo el mundo, tiende sus bracitos y acepta con  placer las caricias de quien se cruce en su camino. Pero trascurrido un tiempo  el bebé sociable da paso a uno cauteloso que teme a los desconocidos, esconde su rostro contra  el cuello de su madre y se aferra a ella como un koala asustado cuando un extraño intenta tomarlo en brazos. A partir de ese momento, y gracias a la maduración de sus  estructuras cerebrales específicas, el niño reaccionará "territorialmente", experimentando
intensa agresividad cuando su terreno (su casa, sus juguetes) son invadidos por un extraño. Serán las reacciones amistosas del otro, como la sonrisa amplia, la mirada transparente o la actitud relajada, que también se activan automáticamente en el otro al percibir una agresión inminente. Lo cual neutralizarán el torrente agresivo que amenaza convertirse en conducta de daño y darán tiempo para organizar una elaboración consciente y un inmediato "cambio de conducta". Pero si en vez de sonrisas y miradas claras el extraño muestra el ceño fruncido, los ojos acerados, la boca apretada y la actitud tensa y alerta, la agresividad no será neutralizada, sino que se potenciará y emergerá un repertorio de conductas de daño dependientes de la edad, el género y otros factores. Un niño pequeño morderá; uno algo mayor dará patadas y golpes de puño; un adolescente varón derribará, pateará y dará bofetadas, mientras que una joven arañará o repartirá manotazos. Es un bebe, un niño o un joven defendiendo su territorio cuando la agresividad lo asalta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por dejarme tus comentarios