miércoles, 26 de julio de 2017

Salidas al maltrato infantil

Niña, 3 años, fue agarrada y golpeada con las manos debido a que pateo a la madre.
Si la niña ya golpeo, ¿porque volverla a golpear? ¿Acaso la madre no tiene manos para detenerla? ¿Acaso no fue la madre quien provocó ira en la niña? ¿Acaso los padres no poseen inteligencia para contener la ira de una niña?

Niña hiperactiva, 9 años, pelea con su amiga cuando iba en el coche de los padres. Los padres se enojan y amenazan a la niña, pero ésta sigue. Al bajar del coche la madre la agarro por el cuello, la arrastro a la casa y la abofeteo en la cara.
Con un niño hiperactivo una advertencia no tiene efecto, tiene efecto la cordura de los padres. No existirían niños hiperactivos o violentos si no existieran padres desprendiendo ira por todos sus poros para desquitarse con un niño que lo único que hace es replicar conductas adultas.

La señora C dice que tuvo un mal día cuando su hijo de 6 años  trato de clavarle un alfiler en las piernas del hermano menor. La madre le pego bastante fuerte en la cara con las manos causándole mallugaduras.
No existen malos días, existen malas reacciones. ¿Porque no reaccionar informando al niño el dolor que causa un alfiler? ¿Porque no reaccionar averiguando porque quiere dañar al hijo menor? ¿Porque no reaccionar sencillamente quitándole el alfiler? ¿Porque es necesaria la fuerza adulta para multiplicar el dolor? Una reacción envuelta de violencia provoca ira, rechazo y profundos deseos de venganza en un niño.

La madre perdió el control cuando el niño de 6 años, se negó a bajarse de la espalda de su hermana. Le dijo una insolencia a la madre cuando esta le pidió que lo hiciera, la madre lo abofeteo en el ojo.
Toda insolencia infantil enciende a cualquier adulto. Si tan solo los padres atendieran sus emociones en el instante de las insolencias infantiles ganarían terreno infranqueable sobre sus hijos para controlarlos y enseñarles a respetar a otros. Lamentablemente se ponen a la par de un niño y terminan comportándose infantilmente. Y por supuesto que ante batallas de este tipo terminan ganando los padres porque se valen de la fuerza para aplacar a los niños, lo que no saben es que multiplican las insolencias, los malos comportamientos y las agresiones.

Rosemarie, 13, estaba grabando una canción y le pidió a su madre que se estuviera callada. Como esta no lo hizo, Rosemarie la insulto lo cual enfureció a la madre, le arrojo el te a Rosemarie, la tiro al suelo, la pateo en la espalda y la golpeo con una correa.
Una petición infantil tiene tantos derechos, como una petición adulta. El grave problema es que los padres pensamos que los niños no tienen derecho a pedir porque de inmediato nos ofendemos y estallamos sobre todo si recibimos malas contestaciones de los hijos. Se han puesto a pensar que pueden ser los padres quienes dan pie a la ira de un niño o una niña y lo más grave es que se cobran las malas contestaciones dejándoles huellas en el cuerpo, huellas que quizá se borren con el tiempo pero las huellas del alma jamás se borraran.

Ricky. 7 años, es muy destructivo. La madre acababa de retocar un aparador que Ricky había raspado. Maliciosamente el niño volvió a estropearlo. La madre lo azoto con una correa.
No es que los niños sean destructivos, sucede que los niños desarrollan sentimientos de venganza hacia los padres cuando son lesionados por ellos. La venganza surge cuando un niño es violentado y solo esperan el momento para volver a encender la ira en los padres. Ellos saben perfectamente cuáles serán las consecuencias pero no les importa, lo que más les importa es vengarse de los padres por lo que les hacen. Cuando los padres se salen por la tangente etiquetando al niño de destructivo, hiperactivo o agresivo satisface a sus mentes pues jamás se atreverían a hurgar en su corazón para descubrir que ellos son culpables, para descubrir que están destruyendo una vida.

Una niña ahogo al gato en la bañera y la madre la castigo con la correa.
Acaso no es la madre quien ha enseñado a la niña comportamientos violentos, entonces porque alarmarse del acto de la niña. Cuando la madre se alarme del cómo trata a su hija para ese entonces quizá la niña ya sepa defenderse de la madre y quizá la niña golpe a la madre. Entonces no abra porque alarmarse pues la violencia se anido en sus almas. Solo la lucidez del corazón será la medicina para tanta violencia.

El padre reacciono excesivamente al mal comportamiento del niño. David, 7 años, estaba corriendo por la casa, golpeo una mesita y rompió una lámpara, el padre que era muy riguroso, abofeteo al niño en la cara causándole una visible mallugada.
Tan simple como pedir al niño que corra fuera de casa, tan sencillo como hacerle notar que sus movimientos están siendo excesivos dentro de casa porque esperar a que se rompa algo, porque alargar el tiempo para dar una instrucción y sobre todo: porque golpear a un niño si quienes abrieron el margen de permisibilidad fueron los padres.

Norma de 5 años, desordeno los cosméticos de su madre. Los padres sujetaron a la niña y la golpearon en las nalgas con una paleta de madera hasta mallugarla.
Acaso carecen de inteligencia los padres, porque no enseñar previamente a la niña lo que no es de ella, lo que no debe no tocar, lo que debe aprender a respetar.  ¿Porque esperar un accidente para golpear? ¿Acaso tienen más valor los cosméticos que un alma? Porque no empapar un hogar reglas y virtudes sin valerse de la violencia, porque preferir asolar a una pequeña con dolor, miedo, ira e infinidad de enfermedades mentales que serán irreparables a futuro.

Saúl de 9 años, había sido enviado previamente a una institución para niños emocionalmente perturbados. Cuando salido de la institución  para pasar el fin de semana en su casa, fue encontrado rompiendo los espejos laterales del coche, acciono una falsa alarma, la madre lo abofeteo en la cara y lo azoto severamente causándole moretones en las nalgas.
El hogar no debería llamarse hogar ante estas circunstancias. No es que el niño este emocionalmente perturbado, es que su familia se ha encargado de perturbar  su alma a tal grado que sería preferible vivir en la calle o en una institución a vivir bajo un techo donde se destila tanta crueldad.